El Plan de Educación Financiera, la iniciativa conjunta de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y el Banco de España, dedica uno de sus últimos contenidos divulgativos al efecto rebaño, el sesgo que lleva a imitar lo que hace el grupo aunque no haya información suficiente para justificar la decisión. La advertencia llega en un momento en que las redes sociales han multiplicado la velocidad a la que se propagan tanto la euforia como el pánico en torno al dinero.
La idea de que el ahorrador decide de forma racional, con datos objetivos y fríos, ha quedado muy matizada por la economía conductual. Daniel Kahneman recibió el Nobel de Economía en 2002 y Richard Thaler en 2017 por demostrar que las emociones y los atajos mentales pesan en cualquier decisión económica tanto o más que los números. El efecto rebaño es uno de esos atajos, y su base psicológica está documentada desde los experimentos de conformidad de Solomon Asch en los años cincuenta, en los que buena parte de los participantes daba una respuesta evidentemente errónea solo porque el resto del grupo la había dado antes.
Los supervisores españoles identifican cuatro mecanismos que alimentan este comportamiento. El primero es la validación del entorno: cuando mucha gente hace lo mismo, se da por hecho que será lo correcto. El segundo es el miedo a quedarse fuera, el llamado FOMO, que aparece cuando otros presumen de ganancias con una inversión. El tercero es la falta de información, porque ante algo tan complejo como los mercados seguir a la mayoría parece una manera cómoda de reducir la incertidumbre. El cuarto es el contagio emocional, ya que tanto la euforia como el pánico saltan con rapidez de una persona a otra.
Cómo se manifiesta el efecto rebaño en el consumo
La historia financiera está llena de episodios de manada. La fiebre de los tulipanes en la Holanda de 1637, la burbuja de las empresas puntocom que estalló en el año 2000, la burbuja inmobiliaria española que se desinfló a partir de 2008 o la escalada y posterior desplome de muchas criptomonedas entre 2021 y 2022 comparten un mismo patrón: un activo sube, se convierte en tema de conversación y de titulares, y cada vez más gente entra con el argumento de que los demás ya están ganando, sin preguntarse si el producto encaja con su perfil de riesgo, su horizonte temporal o sus objetivos.
El mecanismo funciona igual en sentido contrario. Cuando los mercados se tambalean, el miedo compartido desata ventas masivas: muchos inversores deshacen posiciones al ver que otros lo hacen, aunque sus carteras conserven fundamentos sólidos para un horizonte largo. El resultado habitual, según el Plan de Educación Financiera, son pérdidas que no se habrían producido de haber conservado el plan original. Quien vendió en el peor momento de marzo de 2020, cuando los índices se hundieron por la pandemia, consolidó una caída que los mercados recuperaron en pocos meses.
El sesgo también se cuela en el consumo. Ver de forma constante a conocidos y desconocidos exhibir coches nuevos, viajes o artículos de lujo en redes genera presión para mantener un nivel de vida parecido, incluso a costa de endeudarse. El Banco de España recuerda en sus materiales educativos que el presupuesto doméstico debe construirse a partir de los ingresos propios y de las prioridades de cada hogar, no de lo que muestran los demás.
Un caso particular preocupa especialmente a la CNMV: las recomendaciones de inversión de celebridades y creadores de contenido. El supervisor lleva años advirtiendo de que una persona famosa que aconseja un producto financiero rara vez conoce la situación de quien la escucha, y a menudo cobra por hacerlo. Desde 2022, la publicidad de criptoactivos dirigida al público español está sujeta a una circular de la CNMV que exige advertencias de riesgo y permite al organismo exigir la comunicación previa de las campañas masivas, precisamente por el papel que las redes y los influencers tuvieron en la entrada de pequeños ahorradores en esos activos.
Frente a todo ello, los supervisores descartan que nadie pueda hacerse inmune al sesgo y proponen reducir su impacto con hábitos concretos. El primero es contar con un plan financiero con objetivos definidos, porque quien sabe para qué ahorra tiene menos tentación de desviarse por un impulso. El segundo es informarse antes de invertir o de hacer una compra importante, dedicando tiempo a entender el producto y sus riesgos en lugar de fiarse de lo que se comenta. El tercero es no tomar nunca una decisión de inversión basada únicamente en lo que dice un personaje conocido.
Los otros dos consejos tienen que ver con el tiempo y las emociones. Decidir bajo una emoción intensa, ya sea entusiasmo o miedo, multiplica la probabilidad de error, por lo que conviene dejar pasar unos días antes de mover el dinero. Y pensar a largo plazo ayuda a relativizar las modas, que suelen ser pasajeras, frente a una estrategia diseñada para años.
Las herramientas gratuitas del Plan de Educación Financiera, como los simuladores de presupuesto y los test de perfil inversor disponibles en su web, permiten comprobar si una decisión responde a una necesidad propia o al ruido del momento. La pregunta que proponen los supervisores es sencilla: si nadie más estuviera comprando este producto, ¿lo compraría yo?