Llega diciembre, el banco recuerda por correo que aún se está a tiempo de aportar al plan de pensiones y, al abrir la ficha del producto para ver cómo ha ido el año, aparece una línea que casi nadie lee: la comisión de gestión. Ese porcentaje, que parece pequeño, es el motivo por el que cada vez más ahorradores preguntan por los planes indexados.
La idea que hay detrás es fácil de explicar. Un plan de este tipo renuncia a escoger valores uno a uno y se limita a copiar un índice de referencia, ya sea el Ibex 35, el S&P 500 o un indicador mundial de renta variable, de modo que su rentabilidad será, con pequeñas desviaciones, la que obtenga ese mercado. Es lo que se conoce como gestión pasiva.
La diferencia con un plan tradicional está en el trabajo del gestor. En la gestión activa hay un equipo que decide qué comprar y qué vender con la aspiración de batir al mercado, mientras que en la indexada la única meta es parecerse al índice todo lo posible, lo que reduce las decisiones a criterio del gestor y, por lo general, abarata el producto.
Menos comisiones y más transparencia, pero las mismas caídas que el mercado: ventajas, inconvenientes y fiscalidad de los planes de pensiones que replican un índice
Para lograr esa copia, el plan mantiene una cartera de composición muy similar a la del índice, bien comprando directamente los activos que lo integran, bien recurriendo a otros instrumentos que consiguen el mismo efecto. Esto no equivale a quedarse quieto, porque los índices revisan cada cierto tiempo qué valores incluyen y cuánto pesa cada uno, y entonces la cartera tiene que ajustarse. Aun así, se compra y se vende bastante menos que en un plan activo, y esa menor rotación también recorta gastos.
¿Cuánto se nota en el bolsillo? La normativa española fija un tope del 1,5% anual para la comisión de gestión de los planes de renta variable, al que se añade hasta un 0,20% por depósito, y muchos indexados cobran una fracción de esas cifras. Un cálculo orientativo ayuda a verlo: con 1.500 euros aportados cada año durante tres décadas y un mercado que rindiera un 5% anual, un plan con unos costes del 1,5% acumularía alrededor de 77.400 euros, frente a los 94.700 de otro que cobrara el 0,3%. Son más de 17.000 euros de diferencia sobre 45.000 aportados, y salen únicamente de las comisiones.
Ahora bien, indexado no es sinónimo de barato en todos los casos. Lo sensato es comparar el coste total que soporta el partícipe, sumando gestión, depósito y los gastos de los fondos en los que el plan invierta, en vez de fijarse en un único porcentaje.
La segunda ventaja es la transparencia, puesto que quien contrata sabe desde el primer día qué índice sigue su dinero y a qué países y sectores está expuesto. La tercera es la diversificación, que llega sola cuando la referencia agrupa cientos o miles de empresas, así que el ahorro deja de depender de la suerte de unas pocas compañías.
A todo ello se suma el efecto del tiempo. En un producto pensado para la jubilación las aportaciones permanecen invertidas durante muchos años y los rendimientos se reinvierten, con lo que el interés compuesto acaba haciendo buena parte del trabajo, sobre todo si faltan veinte o treinta años para retirarse.
Los inconvenientes también existen. El principal es que un plan indexado baja lo mismo que su índice cuando el mercado cae, ya que nadie va a reducir posiciones ni a refugiarse en liquidez para amortiguar el golpe. En épocas de volatilidad un gestor activo puede intentar esa maniobra, con mejor o peor fortuna, pero el indexado seguirá fiel a su referencia.
Existe además el llamado error de réplica, que es la distancia entre lo que rinde el plan y lo que rinde el índice. Se debe a los propios costes, a los ajustes de cartera, a los impuestos o a la liquidez, de ahí que antes de elegir merezca la pena comprobar cuánto se ha desviado el producto en años anteriores, sin quedarse en el nombre del índice que dice seguir.
Queda la fiscalidad, que es la misma que en cualquier otro producto de este tipo. Lo aportado reduce la base imponible del IRPF, aunque desde 2022 el máximo en los planes individuales es de 1.500 euros al año, ampliable hasta 10.000 cuando hay aportaciones a un plan de empleo. Esa rebaja tiene contrapartida, porque al rescatar el dinero las cantidades tributan como rendimientos del trabajo, por lo que el ahorro de hoy debe valorarse junto con la factura de mañana.
Quien ya tenga un plan y quiera cambiarlo puede hacerlo sin coste fiscal. Los traspasos de un plan a otro no tributan siempre que se respeten las condiciones legales, y basta con solicitarlo en la entidad de destino.
¿Significa esto que hay que elegir entre un modelo y otro? No necesariamente, puesto que ambos pueden convivir en un mismo patrimonio. La combinación adecuada depende de los años que falten para la jubilación, de la tolerancia a las caídas y del resto de inversiones que se tengan, y además conviene revisarla de vez en cuando, ya que el horizonte se acorta y los objetivos cambian.
A los 35 años, un índice de bolsa mundial tiene décadas para recuperarse de un mal ejercicio. A los 62, la misma caída llega justo cuando toca empezar a cobrar.
Esta información es general y no constituye asesoramiento financiero ni fiscal. Antes de contratar o traspasar un plan de pensiones, consulta con un profesional y revisa la normativa vigente.